Ir a comer a un restaurante ha dejado de ser el mero acto de saciar nuestro apetito. Las nuevas formas de ocio acompañadas del diseño han hecho que los nuevos locales de restauración busquen algo más detrás de su carta: una experiencia.
Barcelona 3 de agosto. Huyendo de los turistas que inundan la Rambla de Catalunya decido caminar por calles paralelas a ella en busca de un lugar para comer. En Vinitus, en pleno barrio del Eixample, encontré mi mejor experiencia gastronómica de estas vacaciones. Observé que un buen equipo en cocina es imprescindible, pero noté que parte del éxito de aquel local era también el espacio que acogía su frenético ritmo.
Con simples (normalmente los más difíciles) gestos en su distribución hizo que desde un primero momento quisiese elegir ese lugar y no otro. Te explicaré los aciertos que encontré en aquel espacio.
Sólo tuve que esperar escasos tres minutos para que me atendiesen pero por primera vez hubiese preferido que fue fueran mas para estrenar su banco en fachada con una copa de vino blanco. Invitaba a ello.

En la entrada, de la cual me quedé con ganas de saber más sobre su puerta, agradecí un preámbulo donde poder esperar y ser recibidos por la camarera. Cuántas veces nos ha sucedido que se gira medio bar para ver quien entraba.
A los camareros de este país les propongo cambiar la pregunta de ¿cuántos son? por esta otra ¿cómo prefieren comer?. Observé que todo el mundo encontraba su lugar en aquel local. Me fascinó ver tantas manera de sentarse a la mesa. Compartir una mesa de 4 metros de largo con un japonés y su repaso de fotos del día, en barra con trabajadores de la misma manzana, familias en el comedor o por parejas compartiendo un banco lineal. Como sucede en la ciudad, en este interior existían múltiples maneras de relacionarse, sólo había que decidir cuál.


De su barra sorprende su versatilidad. Como si de una lonja se tratase, el producto de mar se expone en su parte frontal, perfectamente iluminado, dando muestra de la frescura de los alimentos, lo que se traduce en confianza. Mientras, en los lados paralelos, se sucede el espectáculo de alimentos hechos tapas y se aprovecha el espacio para un almuerzo más rápido. Otro de los aciertos es recurrir a materiales duraderos como el caso del mármol para la formación de la barra.

A pesar del constante vaivén de camareros y platos, la iluminación del local hace la estancia en él muy pausada y propicia el entorno perfecto para mantener una conversación.
Haciendo honor a su nombre y a modo de escaparate, una de las paredes laterales es ocupada por una gran estantería que se llena de los vinos de su carta, cobrando gran protagonismo en la estética del local. Una cuadrícula que marca un ritmo y el contraste entre madera, ladrillo y el capitoné del sofá fueron las texturas suficientes para la construcción de esta parte del local. Sin duda, el color elegido para el mobiliario hace que bar tenga una estética urbana y actual.


Por último y no menos importante, algo de lo que me alegra ver cada vez más en los lugares de restauración. Su carta y la preocupación por la imagen corporativa, signos de distinción y de marca. El estudio de diseño gráfico barcelonés Blou and Rooi firman la imagen corporativa de este local.



Como has podido comprobar, la experiencia de disfrutar de nuestra dieta mediterránea de siempre se sincroniza con nuestro modo de vivir actual y se puede revalorizar en lugares como este donde todos los momentos se miden, desde que agarramos el pomo de la puerta y decidimos apostar por él hasta dónde sentarnos y de qué forma.



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